Había una vez una principita que muy raras veces asistía a la iglesia, pues prefería pasar el domingo con las criaturas del bosque y sumergirse en el verdor primaveral.
Ella buscaba tréboles de cuatro hojas y casitas de hadas, por eso amaba a cada zeta que crecía bajo las hojas secas, a las que arrancaba y las sembraba en su jardín, esperando que crezcan como sombrerillos de muñecas.
Nada la perturbaba, ni las criticas de su madre por no comportare como lo que ella llamaba una "mujer madura" ni porque olvidaba frecuentemente los compromisos, pues como una niña vivía en su mundo de flores, de amor y sueños. El reloj y las horas del día la aterraban.
Los que no tienen nada que hacer critican, así un día llego volando un cuervo, el cual era mascota de una vieja y religiosa mujer, esta ave fue y hablo a un amigo de la principita de la siguiente forma:
—Ella no va a la iglesia —dijo la antipática ave refiriendose a la principita— Mi ama dice que quienes no van son malas personas y el demonio las tienta.
—¡¿Que sabe de demonios tu ama?! —replico el joven amigo de la principita— si ella vive con muchos y no se da cuenta. Ademas ella nunca ha salvado una ave caída, nunca ha sembrado un árbol, nunca ha olido una flor. Solo se esconde en ese templo, que sus antepasados construyeron en el medio del bosque, según ellos para evitar que las doncellas se adentren en luna llena hacia el claro, cerca del cedro mayor.
¡Endemoniadas llamaban a esas chicas!.
Más la doncella del bosque ama a los arboles, pues son obra de Dios, son parte de el, ella los cuida y ellos cuidan de ella. No hay mayor templo que la creación de Dios. Ella me enseño eso y yo aprendí a amar de verdad.
El cuervo se alejo y regreso con su dueña a contarle todo.
La dueña del cuervo al escuchar lo que le dijo su ave, llamo al obeso sacerdote Miguel, que comía y saboreaba un lechón recién sacrificado. Manolito se llamo ese lechoncito, que vivió pensando toda su vida que el padre lo amaba.

— ¡Padre!, ¡Padre! —Entro gritando la mujer— Se lo dije. Me han contado que ese chica, la que la vemos de noche o de madrugada, la que canta a la Luna, la que canta a los arboles, a la bruja esa. Ha hecho un pacto con el mal. Prediga en no ir más a la iglesia. Incita adorar los arboles como los paganos.
Los dos se miraron y el cura se levanto —de sus labios se escurrían restos de Manolito— y exclamo:
— Mañana mismo mando tumbar esos viejos arboles. Los tumbare a todos, y haré con ellos un altar. Así nadie rendirá culto idolatra a simples arboles. ¡Ja!.. Que todo sea por preservar la fe.
— Gracias señor —Dijo la mujer y se fue.
Mientras eso pasaba en el templo, el gran roble empezó a escurrir sabia a manera de silencioso llanto.
Hernán Villalta — Eriador Eriol
Guardián del Alba,
Montaraz de las tierras del norte

2 comentarios:
No soporto la falsa moral de los que se creen santos y buenos, condenando todo lo que es natural. Me ha gustado mucho tu cuento, ¡cuanta verdad encierran sus palabras!
Besitos de jengibre
Gracias... el jengibre me hace recordar cosas bellas.
Publicar un comentario en la entrada